Historia de un
cantaor
Por Eliana
Diéguez
El padre de Rafael Foncubierta, según delata su
documento, fue quien le mostró el arte del cante a
capella, sin ornamentos ni acompañamientos. Rafael,
lógicamente, lo admiraba muchísimo y en muchas
oportunidades lo seguía en fiestas y reuniones. Pero
sólo era un pasatiempo: para sobrevivir era necesario
trabajar más duro, y él es clara muestra de ello. Siendo
muy joven era dueño de un conocimiento absoluto sobre
tornos automáticos, medidores, etc., que de apoco lo
convirtió en un maestro del tema, en el que trabajaba
ocho horas diarias.
En sus ratos libres jugaba fútbol hasta que un mal día
se lesionó y fue entonces donde surgió la posibilidad de
viajar hacia Brasil, ya que el clima le ayudaría para
su afección, y por otro lado se sabía que allí
necesitaban personal especializado en la disciplina que
muy bien manejaba Rafael. Para ese tiempo un amigo ya
estaría afianzado en Sao Paulo.
Con certeza se fue acomodando al nuevo estilo de vida,
dándose tiempo para su recreación y esparcimiento,
visitando bares, cafés, y de este modo a Rafael lo
invitaban a cantar pudiendo demostrar sus dotes de
cantaor a través de un potpurrí. Y así pasaron los días,
trabajando, cantando y deleitando a todo espectador que
se paseaba por su lado. Sin saberlo se estaba forjando
su futuro.
Por aquel tiempo nuestra personalidad le enviaba dinero
a su madre y con su padre intercambiaban cintas con
grabaciones flamencas.
Con alma de viajero Rafael se arriesgó a tomar una nueva
ruta hacia Montevideo donde parecía haber más trabajo
aún, pero al llegar, las noticias no eran tan
alentadoras y al fin se desempeñó de lo que encontraba
al paso.
Entre tanto, él y sus “compinches”, probaron suerte en
la ruleta, con tanta fortuna que ganaron incansablemente
todos los días, hasta terminar con esta buena racha.
Siguiendo su destino, paseó por distintos bares y
conoció a un guitarrista quien tentó a Rafael para ir de
gira por Uruguay y así, rodando, fue acercándose a
diversas personalidades del mundillo flamenco hasta que
dio con la persona indicada en el momento justo. Para su
suerte dicha persona era integrante del elenco de la ya
conocida figura, Ángel Pericet; y le ofreció mantener
una charla con el bailarín. Al reunirse, este le
preguntó a Rafael si sabía cantar por Tiento y por
Soleá; sin creer cómo de la noche a la mañana semejante
oportunidad golpeaba a su puerta, resultó que esa misma
noche estaría parado sobre el escenario deslumbrando al
concurrido público, que dicho espectáculo invitaba.
Con la humildad que sólo poseen los grandes, supo
afirmar que se moría de nervios, improvisando algunos
cantes y ejecutando otros que sacaría de su vasto saber.
Y si con esta anécdota no alcanza, esperemos a leer la
siguiente…
Antes de comenzar con el show había que diseñar los
programas del mismo, pero hubo un detalle importante:
cuando Ángel Pericet le preguntó el nombre completo a
nuestro cantaor, éste le respondió con su legítimo
apellido, pero como no sonaba demasiado artístico ahí
fue cuando Ángel le repreguntó: “-¿de dónde eres?”, y él
contestó: “-de Triana”, entonces lo bautizó Rafael de
Triana, para luego mirar al mundo con nombre propio,
y hacerse conocer así como su carta de presentación.
Con
aquel espectáculo les fue tan bien que comenzó una gira
por toda América, llegando a Bs. As., hecho que logró
convertir a Rafael en una figura pública y
reconocida.
Al bajarse el telón, Rafael decidió viajar a España para
reencontrarse con su gente y afectos, pero la cosa no
era tan sencilla, ya que para trabajar en Sevilla como
artista era imprescindible poseer un carnet especial
habilitante para tal función.
Nuestra estrella lo obtuvo, y así se ganaría la vida de
allí en más, cantando en restaurantes, y llegando a
actuar incluso en la TV Española.
Con tantos éxitos en su espalda, comienza un nuevo
desafío, esta vez, viajar a Marruecos. Ahí conquista al
público cantando en variadas fiestas. Pero evidentemente
todo nunca funciona de maravilla por mucho tiempo. En
uno de aquellos eventos ofrecidos a un grupo bastante
selecto, Rafael debió viajar de noche en un auto
rentado, con dos compañeros más, cuando de repente
perdieron el control del vehículo, accidentándose muy
fuerte y resultando él ser el más lastimado. Lo
internaron de urgencia en un Hospital de la zona y
lentamente logró recuperarse, pero para esto pasarían
tres o cuatro meses.
Aunque
todo parecía oscuro, por lo menos pudo cobrar un juicio
por el casi trágico episodio, que un abogado amigo supo
realizar, ganando algo de dinero.
Muchas vivencias fueron relatadas en esta nota, pero
falta un detalle, no menor que marcaría el destino de
Rafael de Triana.
En el transcurso de sus agitados años, una tarde se
cruzó son una mujer estudiosa del arte de la lectura de
las líneas que surcan las palmas de las manos. Esta le
ofreció pronosticarle su futuro, y Rafael no se negó. La
mujer, sin equivocarse, le manifestó que en un tiempo
más le propondrían algo verdaderamente importante para
lo cual debería irse de viaje; que más adelante sería
testigo vivencial de un accidente que rozaría su muerte;
y que -en el plano personal- se casaría y tendría tres
hijos. Todas las predicciones se cumplieron a la
perfección. La gran propuesta fue integrar el elenco de
Ángel Pericet, el accidente fue el automovilístico, y el
resto resultó también, ya que conoció una mujer
argentina con la cual tuvieron dos hijas y un hijo.
Para estas alturas podemos decir que nuestra figura
vivió una vida llena de sorpresas, que poco a poco
fueron convirtiéndola en una persona con futuro cierto,
con un destino marcado que lo llevaría a la consagración
absoluta de un artista pleno, con cada letra de esta
palabra.
Rafael de Triana fue homenajeado con infinitos premios,
como la Medalla de Oro por lo mucho que ofreció y
divulgó al arte Flamenco, y el premio Al Andaluz, entre
otros; y aun hoy continúa dedicándose a aquello a lo que
destinó gran parte de su vida: el Cante Flamenco.
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