Desde Reus...
Entrevista con Tomatito

con motivo de su primer concierto en Reus, noviembre de 2001, por Tomás Sainz Rofes.
Tomatito: Guitarra española
Bernardo Parrilla: Violín
Ramón de Utrera: Cantaor
Joselito Fernández: Baile y percusión
Sabú Porrina: Cajón

    
   
La actuación de Tomatito confirmó que nuestras demandas no eran ningún capricho, el flamenco reúne la verdad del blues, la profundidad del soul, lo emblemático del rock, la marginalidad del reggae y el virtuosismo de la música clásica, todo ello con sabor a roble, como el vino de crianza. Los amantes de la improvisación se emborrachan de jazz, angelitos, allí sólo hay cierta espontaneidad en los solos. Que se pasen al flamenco y verán lo que es bueno: la prueba de sonido, la conferencia de prensa, la banda, todo, todo es improvisado.
Nadie tiene hora, unos llegan tarde, otros llegan aún más tarde y otros ni llegan, por eso durante el concierto te quedas pasmao cuando ves que van al compás, aunque sea a contratiempo.

 Por algo son gitanos, ese pueblo que ha sabido elevar los contratiempos a la categoría de arte. Charlando con ellos pude comprobar que la música es sagrada pero todo lo demás, completamente profano. En el programa se anunciaba al Cheroky pero quién compareció fue Ramoncito de Utrera, cantaor de voz afilada al que la melena hizo el resto para que el corresponsal del Diario le tomara por una cantaora. El chico lo hizo bien pero le traicionaron sus ganas de agradar y se vació en el primer tema. 


Al cajón estuvo Sabú que con sólo 16 años vino en sustitución de su hermano, el gran percusionista Ramón Porrina, aunque el más popular de la prole es Paquete, guitarrista de La Barbería del Sur:

- ¿Tú pagarías mil millones por un cuadro del hermano de Van Gogh? 
- Ya ves. 

- ¿Has tocado alguna vez antes? 

- Sí, para Dieguito el Cigala, Canales y Sara Baras.

    Sabú se convirtió en el sex-symbol del grupo por aclamación popular. Cumplió bien pero sin despeinarse el moño y no se arrancó a bailar por más que se lo pidieran sus admiradoras. En consecuencia Joselito Fernández tuvo que dar el callo a las palmas, cajón y taconeo. Acompaña habitualmente a Tomatito y su baile temperamental pero elegante puso a caldo el ambiente.

El subalterno más acreditado era el violinista Bernardo Parrilla, colaborador de Ketama, Joaquín Cortés y Remedios Amaya. Es hermano del ubicuo Manuel Parrilla: 

- ¿Tú tocas de oído, verdad? 
- No, no. He ido al Conservatorio. 

- ¿Al Conservatorio de flamenco? 

- ¡Que va! De música clásica. Para tocar hay que estudiar y practicar mucho. 

- La gente se piensa que los gitanos nacen enseñados. 

- Hombre. Algo llevas, pero no por ser gitano sino porque te ha tocao a ti como a otro le toca otra cosa. Para tocar bien hay que estudiar y practicar mucho pero la música me gusta y no me canso. 

- ¿Qué te parece que el Tomate haya grabado “Spain” con Michel Camilo? 

- ¿Qué me va a parecer? Bien. Ayer tocaron los dos en Alicante, hoy estamos aquí y mañana Dios dirá. A todos nos salen cosas, mira, el percusionista del grupo está ahora de gira con Joaquín (Cortés). Todo muy normal, lo importante es trabajar.

Bernardo Parrilla me pareció muy buena gente y en vivo es de una riqueza instrumental difícil de encontrar. A veces se arrima a la forma de tocar el violín de los gitanos centroeuropeos, otras se emparienta con la sonoridad de la India o se marca unos tangos argentinos deliciosos. Te da un paseo tan creíble por las músicas del mundo que hasta sales del concierto con desfase horario.

La llegada de Tomatito fue un puntazo, con su talega y la guitarra en bandolera parecía Antonio Banderas en Desperado, pero mucho más alto:

- ¿Me permites una preguntita? “La Leyenda del Tiempo” fue tu primer disco. Un disco mítico, comparable al “Bitches Brew” de Miles Davis en cuanto que supuso una ruptura con el pasado para lanzarse a experimentar cosas nuevas. ¿Con qué disposición de ánimo se emprende una obra así? ¿Cómo pudo Camarón crear aquel ambiente donde bullían tantos proyectos distintos? Tanta gente nueva… ¿No era excitante? Realmente es un disco que ha marcado una época, sin él no puede entenderse el flamenco actual. 
- ¿Y la pregunta cuál era?

- Bueno, pues que ¿cómo recuerdas tú todo eso? 
- Yo tenía 18 años y no era consciente de todas esas cosas. Cada uno daba lo que tenía, las canciones se grababan del tirón un par de veces y se cogía la mejor.

- Quizá no seas consciente de ello pero está claro que tu relación con Camarón te ha convertido en un músico heterodoxo, dominas los palos clásicos pero te has involucrado en unos proyectos arriesgadísimos para tu carrera como el disco “Omega” con Morente y Lagartija Nick o esas sesiones en Punta Paloma con Kiko Veneno o esa colaboración con Neneh Cherry o tu dueto jazzístico con Michel Camilo, en fin… que en ti se mantiene vivo el espíritu ecuménico de Camarón, en cambio hay gente que no ve bien eso de fusionar el flamenco porque teme que se vaya a perder lo esencial… 
- Eso de la fusión se dice mucho pero esa palabra es para la química. En la música hay personas y si se compenetran, salen cosas buenas. Y no hay más.

- Aparte de estos discos y de los tres tuyos oficiales “Rosas del Amor” “Barrio Negro” y “Guitarra Gitana” ¿en cuantas grabaciones más has participado? 
- ¡Buf! Está todo lo de Camarón, desde “La Leyenda…” pacá. Le tengo mucho cariño a “Sacromonte” con Enrique (Morente). Hice dos con Pansequito. Tengo otro con Duquende. También le he tocao a la Susi, a Remedios (Amaya), a Juan Habichuela, al Potito, a la Montse (Cortés)… No sé, ¡Échale cuentas!

- Ya me he perdido pero me salen cerca de treinta. ¿Para cuando el próximo? 
- Ya está en marcha. Ahora es pronto para decir nada. Lo llevo en la cabeza. (Coloca sus manos en posición y tras una breve afinación se casca una virguería) Primero hay que grabar las bases y luego, lo que pida.

Suena a tangos, virtuosos pero frescos. Tomatito siguió tocando y escuchándose, se diría que lo que le pide el cuerpo es más tiempo para estar sólo y componer. La entrevista acabó de esta forma, como el rosario de la Aurora, con el figura metiéndose poco a poco en el concierto hasta que llegó la hora de salir al escenario. Lo hizo sin ceremonias. Sólo. Dibujó un par de acuarelas en el aire por soleares y el duende compareció. Acompañado de cajón y palmas, exprimió su repertorio por tangos a un ritmo endiablado, improvisando cuantas variaciones se le venían a la cabeza, integrando melodías presentes, pasadas y futuras. El caudal sonoro brotaba a chorro y el público, excitado por tanto derroche de talento, se le entregó totalmente, consiguiendo concitar olés tan consensuados que se convertían en una verdadera aclamación. Se le sumó el de Utrera, volcando su cante hasta el último aliento y Joselito se echó unos bailes con casta y fundamento que contribuyeron a redondear la fiesta. Rasgando el velo de la noche apareció el violín de Bernardo para bordar un par de tangos, “Troilo y Salgán” del guitarrista argentino Luis Salinas y “La Vacilona”, ambos del último disco. Fue donde Tomatito se exigió más a sí mismo pero no era eso “lo que pedía” la noche y pasó a rematar la faena por bulerías. El alboroto desatado hizo que el maestro anduviera bregando durante esa parte del concierto, no obstante, no se le puede reprochar nada a este público transétnico que padece hambruna de flamenco. Habrá que hacer acto de contrición. Somos un público nuevo, vibrante y con una sección femenina colorista y cimbreante pero fuimos a ese concierto sin ensayar, necesitamos como penitencia una docena de juergas flamencas para despacharnos a gusto y poder acudir a las citas de los virtuosos con la serenidad necesaria para ser todo oídos.

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