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Al cajón estuvo Sabú que con sólo 16
años vino en sustitución de su hermano, el gran percusionista
Ramón Porrina, aunque el más popular de la prole es Paquete,
guitarrista de La Barbería del Sur:
- ¿Tú pagarías mil millones por un cuadro del hermano de Van
Gogh?
- Ya ves.
- ¿Has tocado alguna vez antes?
- Sí, para Dieguito el Cigala, Canales y Sara Baras.
Sabú
se convirtió en
el sex-symbol del grupo por aclamación popular. Cumplió bien
pero sin despeinarse el moño y no se arrancó a bailar por más
que se lo pidieran sus admiradoras. En consecuencia Joselito Fernández
tuvo que dar el callo a las palmas, cajón y taconeo. Acompaña
habitualmente a Tomatito y su baile temperamental pero elegante
puso a caldo el ambiente.
El subalterno más acreditado era el
violinista Bernardo
Parrilla, colaborador de Ketama, Joaquín Cortés
y Remedios Amaya. Es hermano del ubicuo Manuel Parrilla:
- ¿Tú tocas de oído, verdad?
- No, no. He ido al Conservatorio.
- ¿Al Conservatorio de flamenco?
- ¡Que va! De música clásica. Para tocar hay que estudiar y
practicar mucho.
- La gente se piensa que los gitanos nacen enseñados.
- Hombre. Algo llevas, pero no por ser gitano sino porque te ha
tocao a ti como a otro le toca otra cosa. Para tocar bien hay que
estudiar y practicar mucho pero la música me gusta y no me
canso.
- ¿Qué te parece que el Tomate haya grabado “Spain” con
Michel Camilo?
- ¿Qué me va a parecer? Bien. Ayer tocaron los dos en Alicante,
hoy estamos aquí y mañana Dios dirá. A todos nos salen cosas,
mira, el percusionista del grupo está ahora de gira con Joaquín
(Cortés). Todo muy normal, lo importante es trabajar.
Bernardo Parrilla me pareció muy buena gente y en vivo es de una riqueza
instrumental difícil de encontrar. A veces se arrima a la forma
de tocar el violín de los gitanos centroeuropeos, otras se
emparienta con la sonoridad de la India o se marca unos tangos
argentinos deliciosos. Te da un paseo tan creíble por las músicas
del mundo que hasta sales del concierto con desfase horario.
La
llegada de
Tomatito
fue un puntazo, con su talega y la guitarra en
bandolera parecía Antonio Banderas en Desperado, pero mucho más
alto:
- ¿Me permites una preguntita? “La Leyenda del Tiempo” fue tu
primer disco. Un disco mítico, comparable al “Bitches Brew”
de Miles Davis en cuanto que supuso una ruptura con el pasado para
lanzarse a experimentar cosas nuevas. ¿Con qué disposición de
ánimo se emprende una obra así? ¿Cómo pudo Camarón crear
aquel ambiente donde bullían tantos proyectos distintos? Tanta
gente nueva… ¿No era excitante? Realmente es un disco que ha
marcado una época, sin él no puede entenderse el flamenco
actual.
- ¿Y la pregunta cuál era?
- Bueno, pues que ¿cómo recuerdas tú todo eso?
- Yo tenía 18 años y no era consciente de todas esas cosas. Cada
uno daba lo que tenía, las canciones se grababan del tirón un
par de veces y se cogía la mejor.
- Quizá no seas consciente de ello pero está claro que tu relación
con Camarón te ha convertido en un músico heterodoxo, dominas
los palos clásicos pero te has involucrado en unos proyectos
arriesgadísimos para tu carrera como el disco “Omega” con
Morente y Lagartija Nick o esas sesiones en Punta Paloma con Kiko
Veneno o esa colaboración con Neneh Cherry o tu dueto jazzístico
con Michel Camilo, en fin… que en ti se mantiene vivo el espíritu
ecuménico de Camarón, en cambio hay gente que no ve bien eso de
fusionar el flamenco porque teme que se vaya a perder lo
esencial…
- Eso de la fusión se dice mucho pero esa palabra es para la química.
En la música hay personas y si se compenetran, salen cosas
buenas. Y no hay más.
- Aparte de estos discos y de los tres tuyos oficiales “Rosas del
Amor” “Barrio Negro” y “Guitarra Gitana” ¿en cuantas
grabaciones más has participado?
- ¡Buf! Está todo lo de Camarón, desde “La Leyenda…” pacá.
Le tengo mucho cariño a “Sacromonte” con Enrique (Morente).
Hice dos con Pansequito. Tengo otro con Duquende. También le he
tocao a la Susi, a Remedios (Amaya), a Juan Habichuela, al Potito,
a la Montse (Cortés)… No sé, ¡Échale cuentas!
- Ya me he perdido pero me salen cerca de treinta. ¿Para cuando el
próximo?
- Ya está en marcha. Ahora es pronto para decir nada. Lo llevo en
la cabeza. (Coloca sus manos en posición y tras una breve afinación
se casca una virguería) Primero hay que grabar las bases y luego,
lo que pida.
Suena a tangos, virtuosos pero frescos. Tomatito siguió
tocando y escuchándose, se diría que lo que le pide el cuerpo es
más tiempo para estar sólo y componer. La entrevista acabó de
esta forma, como el rosario de la Aurora, con el figura metiéndose
poco a poco en el concierto hasta que llegó la hora de salir al
escenario. Lo hizo sin ceremonias. Sólo. Dibujó un par de
acuarelas en el aire por soleares y el duende compareció. Acompañado
de cajón y palmas, exprimió su repertorio por tangos a un ritmo
endiablado, improvisando cuantas variaciones se le venían a la
cabeza, integrando melodías presentes, pasadas y futuras. El
caudal sonoro brotaba a chorro y el público, excitado por tanto
derroche de talento, se le entregó totalmente, consiguiendo
concitar olés tan consensuados que se convertían en una
verdadera aclamación. Se le sumó el de Utrera, volcando su cante
hasta el último aliento y Joselito se echó unos bailes con casta
y fundamento que contribuyeron a redondear la fiesta. Rasgando el
velo de la noche apareció el violín de Bernardo para bordar un
par de tangos, “Troilo y Salgán” del guitarrista argentino
Luis Salinas y “La Vacilona”, ambos del último disco. Fue
donde Tomatito se exigió más a sí mismo pero no era eso “lo
que pedía” la noche y pasó a rematar la faena por bulerías.
El alboroto desatado hizo que el maestro anduviera bregando
durante esa parte del concierto, no obstante, no se le puede
reprochar nada a este público transétnico que padece hambruna de
flamenco. Habrá que hacer acto de contrición. Somos un público
nuevo, vibrante y con una sección femenina colorista y cimbreante
pero fuimos a ese concierto sin ensayar, necesitamos como
penitencia una docena de juergas flamencas para despacharnos a
gusto y poder acudir a las citas de los virtuosos con la serenidad
necesaria para ser todo oídos.
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